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El bufón de la noche

Sancho Panza

Cuando era joven solían tener bailes en las iglesias locales. Se juntaban varias congregaciones de los pueblos cercanos e invitaban a todos los jóvenes de catorce a dieciocho años. Muchas veces estos bailes se llenaban de jóvenes que venían con el entusiasmo de encontrarse con otros jóvenes que era típico de nuestra generación que todavía no tenía los medios de conectarse por internet. Y lo más importante para mis amigos era que muchas de esas venían de otros pueblos. Y como no contábamos entre los más populares en nuestra escuela, nos daba confianza saber que estas nuevas chicas no sabían de todas las tonterías de nuestros pasados.

Una noche en particular llegamos al baile listos para un encuentro lleno de misterio y posibilidades. Nos habíamos puesto la mejor ropa que teníamos y alguno de nosotros había conseguido la colonia de su padre. Pagamos la entrada y con gran confianza abrimos las puertas del gimnasio. Todo el entusiasmo que teníamos salió de repente cuando vimos que había nada más que quince personas y solo tres chicas que ya conocíamos de hace varios años. Nuestro amigo Rodrigo, quien nunca tenían mucho interés en las chicas, se fue directamente a la mesa con galletas y se instaló allí para la noche. Los demás encontramos un lugar para sentarnos y hablar. Cuando tocaban una canción lenta, nos tunábamos para bailar con las tres chicas.

Durante una de esas canciones en que me encontré entre el grupo de los desafortunados sin pareja, vi que al otro lado del gimnasio había una chica sola que no conocía. No bailaba con nadie y ni parecía que tenía muchos amigos allí. Quería invitarla a bailar, pero no pude encontrar la confianza antes de que cambiaron a una canción rápida. Sin embargo, la próxima vez que tocaron una canción lenta, me acerqué a ella, los más suave posible, y la pregunté si quería bailar conmigo. Me miró sorprendida, una expresión que interpreté como una manifestación del gozo que debía sentir porque alguien se había dado cuenta de ella. Me creía su príncipe valiente que la venía a rescatar de su soledad.

Empezamos a bailar y conversar. Me parecía simpática y, además, bonita. Me preguntó a que escuela asistía, y se la conté. Pero cuando le preguntó la misma cosa, vaciló. “Bueno, después de decirte, a lo mejor no querrás bailar conmigo,” dijo.

De inmediato sabía que algo mal pasaba. Que maldad tenía escondida en esta respuestas. Intenté adivinar lo peor que podría ser su respuesta. La única posibilidad que podía imaginar era que ella asistía a una escuela no muy lejos de allí que considerábamos nuestro rival. No me gustó la idea, pero a la misma vez decidí que la aceptaría aunque fuera estudiante de ese colegio. Pues, ¿quién sabía? Podría ser que termináramos siendo el Romeo y Julieta de esas dos escuelas con un amor capaz de vencer a todo el odio que antes se había sentido. Pero no tuve tal suerte.

“Soy una chaperona. Estoy aquí para vigilar que no pasa nada mal entre los jóvenes.”

No dije nada por un momento y después dejé escapar una palabras sin sentido de mi boca. Intenté fingir que no me molestaba, pero no había caso. Cuando terminó la canción, después de los que pareció cinco horas, volví lo más pronto a mis amigos. Me preguntaron quien era aquella chica, y no estaba capaz de mentir. Me trataban de tonto toda la noche.